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La vuelta al cine desde Beirut hasta Londres

Tranquilidad-violencia, euforia-melancolía, relajamiento-tensión y sus perpetuas viceversas, esas que comprometen la estabilidad, o reequilibran la inestabilidad, llegan a las pantallas habaneras en una veintena, aproximada, de filmes constituyentes del Panorama Contemporáneo Internacional. Este año se trata de una variadísima y rigurosa selección de grandes obras producidas en latitudes tan diversas como Oriente Medio, Estados Unidos, Japón, Australia o la vieja Europa, cuya representación abarca desde los países nórdicos tipo Finlandia o Suecia, hasta los orientales como Rusia, Rumanía y Hungría, sin olvidar las embajadoras de Francia y Reino Unido.
Hablar de la dicotomía relajamiento-tensión y del Medio Oriente, implica aludir a los periodos de relativa paz y tolerancia, interrumpidos con conflictos y guerras como los conflictos árabe-israelí, iraní-iraquí, y las guerras del Golfo, de Irak y de Siria. Para los amantes del mejor cine, el más útil y sutil, y para todos aquellos a quienes les resulte incomprensible la mencionada sucesión de atrocidades están concebidos El insulto (Líbano, Ziad Doueri) y Foxtrot (Israel, Samuel Maoz) desmarcadas de todo esquematismo propagandístico para aludir a las raíces culturales, a las diferencias de credo, y sobre todo al fardo de luto, soledad y contriciones que tales conflictos provocan. Sendas alhajas aumentaron el resplandor internacional de cinematografías prácticamente desconocidas en Cuba.
Traumas morales provocados por una sociedad desgarrada por la contradicción entre creencias antiguas y nuevas es retratada en Sin amor por el ruso Andrey Zvyagintsev (El regreso, Leviatán), un autor especializado en manejar, sin contradicciones aparentes, el naturalismo y la abstracción. Y similares heridas y derrumbes, en el ámbito de la pareja y la familia, describe la rumana Ana, mon amour, que apuesta a recrear una historia de amor juvenil y los impedimentos tremendos que la obstaculizan. Y el enfrentamiento hiperrealista al tema de la inmigración tampoco le impide a la húngara La luna en Júpiter, desplegar fantasía y misticismo capaces de sobrevolar los campos de refugiados y las fronteras cerradas.
Las cinematografías nórdicas estuvieron de plácemes este año con los triunfos internacionales de la sueca The Square y la finesa El otro lado de la esperanza. La segunda nos trae de vuelta al maestro Aki Kaurismaki con esta nueva fábula, distanciada y fantástica, con un cincuenta por ciento de neorrealismo acre y otro tanto de cuento de hadas sobre la sobrevivencia de la compasión y la generosidad. En sus antípodas tonales incursiona la provocativa y satírica cinta sueca, ganadora de la Palma de Oro en Cannes gracias a múltiples razones, entre las cuales se cuenta su desencantado cinismo.
El Extremo Oriente y Oceanía figuran en la selección con la japonesa El tercer asesinato y la australiana Sweet Country. En la primera, el maestro Hirokazu Kore-eda adapta los requerimientos convencionales del filme de juicios, a sus característicos y sagaces estudios de personajes necesitados de redención. El filme australiano se concentra también en el ejercicio de los tribunales, pero retrocede a la historia real, ocurrida en 1929, de un aborigen que mató a un blanco en defensa propia.
Igualmente preocupado por la violencia y la supervivencia parece el filme norteamericano The Promise. El comprometido Terry George (Hotel Rwanda) relata triangular historia de amor, inmersa en una notable reconstrucción de época, que denuncia el genocidio armenio perpetrado por el imperio otomano.
El cine francés en vertiente realista y socio-sicológica coloca el tema de la familia en crisis en tanto sujeto argumental de Jusqu’à la garde (Xavier Legrand), La Villa (Robert Guediguian) y Happy End, en la cual Isabelle Huppert y Jean-Louis Trintignant vuelven a ponerse al servicio de Michael Haneke en esta suerte de secuela relajada, coral y prosaica de Amour. Variación agradecible representa 120 pulsaciones por minuto, a propósito de la lucha contra el Sida en los años noventa. Pero tales contingencias e inmediateces son desatendidas por el tono trágico y pausado, de Lady Macbeth, que en lugar de recurrir al original de Shakespeare, adapta al siglo XIX británico el cuento ruso de Nikolai Leskov, versionado a partir del pathos que suministra la perspectiva femenina, victimizada, en una puesta casi chocante por lo cuidadosa y mesurada.

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